Santa Misa y Liturgia de la Palabra Jueves de la XI Semana del Tiempo Ordinario 19062025

Santa Misa presidida por el Presbítero Jaime Ruiz del Castillo, desde la Catedral de la Prelatura de Moyobamba, Perú.

 

 

Liturgia de la Palabra de hoy Jueves de la XI Semana del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 

Con el P. Roberto Rodríguez,  Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»

 

Primera Lectura

 

Lectura de la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 11, 1-11

 

Os anuncié de balde el Evangelio de Dios.
Hermanos: Ojalá me toleraseis unos cuantos desvaríos; bueno, ya sé que me los toleráis.
Tengo celos de vosotros, los celos de Dios; quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen fiel. Pero me temo que, igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo. Se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que yo predico, os propone un espíritu diferente del que recibisteis, y un Evangelio diferente del que aceptasteis, y lo toleráis tan tranquilos.
¿En qué soy yo menos que esos superapóstoles? En el hablar soy inculto, de acuerdo, pero en el saber no, como os lo he demostrado siempre y en todo. ¿Hice mal en abajarme para elevaros a vosotros? Lo digo porque os anuncié de balde el Evangelio de Dios. Para estar a vuestro servicio tuve que saquear a otras comunidades, aceptando un subsidio.
Mientras estuve con vosotros, aunque pasara necesidad, no me aproveché de nadie; los hermanos que llegaron de Macedonia pagaron mis cuentas. Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada. Tan verdad como que soy cristiano, que nadie en toda Grecia me quitará esta satisfacción. ¿Por qué? ¿Porque no os quiero? Bien lo sabe Dios.

Palabra de Dios

Te alabamos Señor

 

Salmo Responsorial

 

Sal 110, 1-4.7-8

 

℟. Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor.
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. ℟

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. ℟

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud. ℟

 

Santo Evangelio según San Mateo 6, 7-15

 

Vosotros rezad así.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
«Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal».
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra de El Señor

Gloria y Honor a Ti, Señor Jesús

 

Comentario al Evangelio

 

San Cipriano, obispo y mártir (s. III). Tratado • Vivir como hijos. La oración del Señor, 11-12
Debemos recordar, hermanos queridos, cuando llamamos a Dios nuestro Padre, que debemos comportarnos como hijos de Dios. Debemos ser como templos de Dios (1Co 3,16), para que los hombres puedan ver que Dios vive en nosotros; nuestros actos no deben ser indignos del Espíritu … El apóstol Pablo declaró en su carta: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu?… y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio, por eso ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!» (1Co 6,19-20).

Rezamos: «Santificado sea tu nombre». Esto no es porque deseamos que Dios sea santificado por nuestras oraciones, sino porque le pedimos al Señor que su nombre sea santificado en nosotros. ¿Por quién podría ser santificado Dios, ya que es Él quien santifica? Él mismo dijo: «Sed santos porque yo soy santo» (Lev. 20,26). Por eso pedimos insistentemente que, ya que hemos sido santificados por el bautismo, seamos capaces de perseverar en lo que comenzamos a ser. Y rezamos por esto cada día.

«Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Pues ¿quién puede estorbar a Dios de que haga lo que quiera? Pero porque a nosotros se nos opone el diablo para que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios.

En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: «Padre, si puede ser, que pase de mí este cáliz» (Mt 26,39), y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente: «Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres». Y en otro pasaje dice: «No bajé del cielo para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió» (Jn 6,38).

Si el Hijo obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de sus epístolas Juan: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo» (1Jn 2,15-17).

Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno. La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se le hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón.

Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos se cumpla su voluntad.

También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre.

 

Nota:

 

Algunas diócesis celebraron el Corpus Christi ayer, jueves 19 de junio, porque es la fecha tradicional, mientras que otras lo celebran el domingo siguiente, que es el 22 de junio, por razones prácticas para facilitar la participación de los fieles. La decisión de trasladar la celebración al domingo fue tomada por algunas Conferencias Episcopales para evitar problemas con calendarios autonómicos y facilitar la asistencia a la Santa Misa. 

El motivo principal del cambio es la conveniencia:
  • Fecha tradicional:

    El Corpus Christi se celebra tradicionalmente el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, que es el domingo siguiente a Pentecostés, como conmemoración de la Última Cena. 

  • Dificultad de asistencia:

    En algunos lugares, especialmente en aquellos donde no es día festivo, la celebración en jueves puede dificultar la asistencia a la Santa Misa para muchos fieles (según algunas Diócesis). 

  • Facilitar la participación:

    Trasladar la fiesta al domingo permite que más personas puedan participar en la celebración eucarística, especialmente en aquellas diócesis donde el jueves no es día festivo (este es el principal justificativo). 

En resumen, la tradición sigue siendo celebrar el Corpus Christi el jueves, pero muchas diócesis optan por trasladarlo al domingo para garantizar una mayor participación de los fieles en la festividad (según algunas diócesis). 

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